La influencia no es una película perfecta

Quizá en eso radique parte de su magia. El distanciamiento al que somete a sus personajes Pedro Aguilera implica que los personajes declamen sus diálogos, en un ejercicio difícil de abstracción, logrando, eso sí, su cometido, prohibirle al espectador una plena identificación con ninguno de los personajes, sometidos a un estrés y a la ausencia de relaciones que les impiden salir a flote.

El distanciamiento de sus personajes

La influencia se divide en dos partes, no explicitadas pero si observables desde el momento en que, mediada la película, Jimena se marcha con una amiga (es la primera escena en que salimos del mundo opresivo de la madre, la señora Rivero) y declama con convicción: “Mi madre es un desastre. Está loca. No hace más que tonterías. No la entiendo. Y se cree que no me doy cuenta… Yo creo que ya no trabaja”. Desde ese momento, La influencia abandona progresivamente a la entonces protagonista, descrita escuetamente desde sus primeras imágenes como una mujer a punto de caer al abismo.

Familia triste

Debut como director y guionista de Pedro Aguilera, que sigue los pasos de un mujer obligada a cerrar la tienda de cosméticos con la que se ganaba la vida. Completamente desorientada y deprimida, se siente incapaz de salir adelante y mantener a sus dos hijos. Esta pequeña coproducción hispano-mexicana, un dramón íntimo y opresivo, rodado con naturalidad, fue seleccionada para la Quincena de realizadores del Festival de Cannes. Está bien protagonizada por la actriz Paloma Morales y por sus dos auténticos hijos.

La dificultad de crear relaciones

La ópera prima del ayudante de dirección de Intacto (Juan Carlos Fresnadillo, 2001), Sangre (Amat Escalante, 2005) y Batalla en el cielo (Carlos Reygadas, 2006) ha supuesto una grata sorpresa. Junto a La soledad (Jaime Rosales, 2007) y Yo (Rafa Cortés, 2007), conforman tres firmes apuestas morales y formales que describen una búsqueda de identidad, “una reivindicación del hombre como ser social, y una legitimación de los símbolos y la lucha como medios para alcanzar un lugar en la sociedad”, en certeras palabras de Alfonso Santos Gargallo en su crítica para Cine para leer 2007, de la película de Rafa Cortés.